| |
Juan Carlos Ruiz Franco
Advertencia: describimos productos
comercializados por laboratorios legales, no drogas prohibidas. El
propósito de este artículo es informar sobre las sustancias disponibles
en el mercado, no recomendar ninguna de ellas. Tan sólo citamos
principios activos, sin marcas concretas de venta en España, a fin de
evitar hacer publicidad de medicamentos con receta. No fomentamos el uso
de drogas y estamos en contra del consumo no responsable.
Primera
parte del artículo Segunda
parte del artículo
Abordamos en esta entrega la historia del metilfenidato y
otras sustancias similares a fin de tener una visión más amplia de lo
que supone esta droga. El metilfenidato es un estimulante, y como tal
posee efectos similares a cualquier producto del mismo tipo. Podríamos
situarlo a medio camino entre los más potentes y los más suaves, entre
las anfetaminas y la cafeína. Debemos tener en cuenta que no sólo
existen los estimulantes obtenidos por síntesis, sino que otros son
plantas sin procesar que ya antes de la actual era química se utilizaban
para mantenerse despierto y concentrar la atención. Dice Snyder, en su
obra ya clásica1,
que “son drogas de efectos alertadores, que avivan el tono general y
agilizan el entendimiento, motivos por los que pueden ser buenos medios
para aumentar el rendimiento mental y, presumiblemente, para aliviar la
depresión (...) La capacidad, aparentemente milagrosa, de los
estimulantes para agudizar el estado de alerta, levantar el ánimo y, por
lo menos subjetivamente, aumentar la fuerza muscular, ha sido
descubierta y redescubierta en diferentes épocas y lugares. En el pasado
se ensalzó estos productos como la clave para la salud, la felicidad y
la productividad para todos.”
Historia de los estimulantes
en Europa
En Europa se empezaron a conocer los estimulantes sólo
después del Renacimiento, tras el siglo XV y los grandes viajes
alrededor del mundo, no antes. Comenta Pío Font Quer2,
refiriéndose a las sustancias vegetales con estas propiedades, que "en
Europa no tenemos plantas con semejantes virtudes, no pudo descubrirse
nada parecido", y que "los cinco famosos fármacos excitantes (...) eran
conocidos y usados en Asia, en África y en América, antes de los grandes
viajes del Renacimiento". Seguramente es debido a este motivo —por la
ausencia de oferta anterior— por lo que el café y el té tuvieron tan
buena aceptación y tan rápida difusión. Una vez que los europeos
conocieron sus virtudes, pronto se aficionaron a ellos. En los países
árabes, en cambio, hay constancia de que el café se utilizaba ya
alrededor del final del primer milenio, y de que tres siglos después era
un componente habitual de su cultura.
A principios del XVIII los países europeos —con el objetivo de disponer
de café sin depender del suministro de los países árabes— logran llevar
la plantación a algunas de sus colonias. Desde este siglo ―el siglo de
las luces y de la Ilustración― el café es la droga estimulante más
habitual, la que se consume cuando se necesita un empujón de energía.
Haciendo una rápida descripción de sus propiedades, el estimulante
presente en el café es la cafeína ―una metilxantina, lo mismo que la
teofilina y la teobromina―, la cual incrementa el nivel de AMPc, un
segundo mensajero que participa en numerosas funciones corporales y cuya
elevación causa los conocidos efectos del café.
En lo que respecta al té, es originario de China, donde
se consume desde tiempos inmemoriales. Contiene los estimulantes
cafeína, teofilina y teobromina y, aunque a igual peso de materia bruta
contiene más sustancias excitantes que el café, su método de
procesamiento y preparación hace que presente menos cafeína en el
producto final, el que de realmente ingerimos. En relación con esto,
dice Escohotado que su poder euforizante es menor que el del café sólo
porque utilizamos las hojas sin moler y no esperamos a que todo su
contenido impregne el agua3.
Llegó a Europa gracias a los colonizadores portugueses a mediados del
siglo XVI, a través de la colonia Macao. En Inglaterra, donde es la
bebida nacional, fue introducido a finales del XVII por Catalina de
Braganza, hija del rey Juan IV de Portugal y esposa del rey Carlos II de
Inglaterra. Después, durante su dominio colonial sobre la India, los
británicos utilizaron este país como suministrador.
El cacao es estimulante gracias a su contenido en teobromina. También
lleva grasa en forma de manteca de cacao, la cual le confiere
propiedades alimenticias. Es originario de Centroamérica, y los olmecas
y los mayas fueron las primeras civilizaciones que lo cultivaron, hasta
el punto de que los términos "cacao" y "chocolate" proceden de lenguas
de pueblos precolombinos de esa región: el primero de “cacahuatl” y el
segundo de “xocoatl”, del nahua, lengua indígena mexicana.
La hoja de coca es un vegetal estimulante bien conocido
por ser el producto base a partir del cual se elabora la cocaína. La
presencia de este alcaloide en las hojas es del 0,1% al 1%, pero no es
ésta su única utilidad. Muchos siglos antes de la conquista española,
los indios americanos las utilizaban con propósitos terapéuticos,
alimenticios y estimulantes, todo ello revestido de cierto carácter
mágico-religioso, llegando a ser un símbolo de identidad y de unidad. A
mediados del siglo XIX empezaron a entrar en Europa grandes cantidades
de hojas, y Paolo Mantegazza, neurólogo italiano, publicó un ensayo
sobre ellas, impresionado por las sensaciones que producían: euforia
general, aumento de la fuerza muscular, sentimiento de agilidad, suave
fluir de las ideas, placidez y delicioso estado de alerta. En 1860
Albert Niemann logró sintetizar la cocaína a partir de las hojas de
coca. En 1884 Köller, tras las experiencias narradas por su colega
Sigmund Freud, descubre sus propiedades anestésicas.
Freud tomaba
cocaína, la daba a su entonces novia Marta "para hacerla fuerte y
robusta" e invitaba a colegas, amigos y familiares a consumirla.
Prueba
de la gran fama de que gozaba esta droga es que, en 1893, el químico
corso Ángelo Mariani patentó el Vino Coca Mariani, extracto de coca
diluido en vino que llegó a ser la bebida más popular de Europa y que
inspiró a John Pemberton para idear la fórmula de la Coca-Cola®,
que se comercializó en un principio como estimulante y remedio para el
dolor de cabeza. En aquella época contenía algo de alcohol y cocaína,
que luego fueron sustituidos por agua con gas y extracto de nuez de
cola, fuente de cafeína. A principios del siglo XX, numerosos preparados
farmacéuticos, bebidas, e incluso tónicos reconstituyentes, contenían
cocaína; pero en 1914 EEUU decide prohibirla y desde entonces su
tenencia y consumo son perseguidos.
La planta efedra se utiliza en China desde hace milenios con propósitos
medicinales y estimulantes. Empezó a conocerse en occidente cuando el
farmacólogo K.K. Chen, a comienzos de los años 20, demostró sus
cualidades euforizantes y antiasmáticas. La efedrina dilata los
bronquios, permite respirar mejor y retrasa la fatiga y el cansancio,
por lo que se ha venido utilizando para aumentar el rendimiento,
convirtiéndose en una de las sustancias más consumidas por deportistas y
de las que más resultados positivos ha originado en los controles
antidopaje.
En lo que respecta a las anfetaminas, cuenta Snyder que varios
investigadores, a comienzos del siglo XX, buscaban un remedio para el
asma y sabían que la adrenalina dilata los bronquios y alivia por ello
este padecimiento. Sin embargo, esta sustancia, cuando se introduce en
el organismo por vía oral, queda inactivada antes de que pueda surtir
efecto. Por esta razón era necesario encontrar algo que funcionara por
vía oral. Tras los trabajos de Chen con la efedrina, comprobada su
eficacia contra el asma y debido a la escasez de existencias, se buscó
un sucedáneo. Y en los años 30, partiendo de la efedrina, se consiguió
sintetizar la anfetamina, la cual puede introducirse también por
inhalación, con lo que resulta más eficaz. Durante la Segunda Guerra
Mundial los ejércitos combatientes abusaron de esta droga para aumentar
el rendimiento de sus soldados, circunstancia que llegó a causar
verdaderos problemas de salud una vez finalizada la lucha, especialmente
en Japón. Muy pronto los deportistas vieron que podían utilizarla para
mejorar sus marcas, razón por la que se convirtió en producto de uso y
abuso, con algunos casos de intoxicaciones y muertes. También los
estudiantes y personas interesadas en aumentar el rendimiento
intelectual se dieron cuenta de que les podía servir para sus
propósitos.
Historia del metilfenidato
Pasamos ya a la historia del metilfenidato. El médico
alemán Heinrich Hoffman fue el primer en describir el comportamiento de
niños hiperactivos en 1845, en el libro infantil
Struwwelpeter4
(Pedro, el melenas), un niño que no puede estarse quieto cuando
está sentado. Uno de los personajes es
Zappelphilipp
(Philipp, el travieso), y de hecho en Alemania se suelen referir a la
hiperactividad como síndrome de Zappelphilipp: “Mirad al niño travieso e
inagotable que va creciendo y se vuelve aún más grosero y salvaje.
Philip grita con todas sus fuerzas, coge la ropa y eso empeora las
cosas. Al suelo caen vasos, pan, cuchillos, tenedores y todo lo demás.
¡Cómo se enfada la madre cuando ve todo rodando! ¡Y vaya cara pone el
padre! Philip es una vergüenza.”
Medio siglo después, en el año 1902, la revista británica
Lancet publicó el artículo de un médico pediatra, George Still5,
que aseguraba haber observado niños con una “discapacidad en la fuerza
de voluntad” y una evidente incapacidad para concentrarse. A Still se le
atribuye la primera descripción científica de conductas impulsivas y
agresivas, y de lo que él denominaba “defectos del control moral”, una
etiqueta normal para aquella época6.
Poco después, en 1908, el catedrático español Augusto Vidal i Perera
publicó su Compendio de
Psiquiatría Infantil7,
que incluía una descripción del comportamiento de niños que hoy se
diagnosticarían como hiperactivos.
En los años 20 y 30 destacaron los estudios de Hohman, Khan y Cohen, que
indicaban que tras problemas cerebrales como una encefalitis o una
lesión cerebral se producían los mismos síntomas observados por Still en
sus niños impulsivos, por lo que en este momento se atribuyó la
hiperactividad a una enfermedad neurológica. También en los años 30
comenzaron a utilizarse estimulantes para tratar los síntomas de la
narcolepsia, en concreto efedrina y anfetaminas. Por ejemplo, en 1937,
Charles Bradley llevó a cabo el primer estudio sobre la acción de un
estimulante (benzedrina, en este caso) para tratar a niños hiperactivos.
Las conclusiones fueron claramente positivas en lo que respecta a los
síntomas.
Los
estimulantes fueron en aquella época de guerra drogas muy apreciadas
debido a la ingestión habitual de anfetaminas por parte de los pilotos y
otros soldados que necesitaban mucha concentración y evitar el sueño.
Jörg Blech8
narra el comienzo de la historia de nuestro protagonista: gracias a un
hallazgo casual, Leandro Panizzon, químico de la
empresa Ciba, sintetizó el metilfenidato en 1944, en el contexto de los
intentos por conseguir un producto con menos efectos adversos que las
anfetaminas. Lo probó en sí mismo, sin obtener resultado digno de
mención. Pero su mujer, Rita, ingirió también aquella sustancia y obtuvo
un efecto muy estimulante, por lo que en lo sucesivo la tomó con
regularidad antes de jugar al tenis9.
Panizzon decidió bautizarla con un nombre de marca que hiciera honor a
su mujer, Ritalin®,
y la molécula se patentó en 1954. Al principio sólo se prescribió para
tratar el cansancio, depresiones y confusión de la vejez porque aún no
se había inventado el cuadro clínico que haría tristemente famoso al
fármaco, ni había comenzado aún la historia conjunta del metilfenidato y
los niños hiperactivos. Su acción sobre el organismo humano reveló menos
efectos secundarios con respecto a los fármacos de la misma clase
conocidos hasta el momento. Años después se publicaron los primeros
informes acerca de su utilidad en el tratamiento de los síntomas de la
narcolepsia,
si bien no hace falta ser un genio para darse cuenta de que una de las
propiedades de un estimulante es ayudar a no caer dormido
involuntariamente.
Su fama fue creciendo al recomendarlo el
Physician's Desk Reference de 1957 para la fatiga crónica y los
estados letárgicos y depresivos. A principios de los sesenta comenzó a
recetarse a niños con "disfunción cerebral mínima" —la denominación del
síndrome de hiperactividad en aquel tiempo— debido a unos estudios
publicados que afirmaban que el metilfenidato y la dexedrina producían
un efecto considerable en los escolares con problemas de aprendizaje. Se
hicieron nuevos ensayos y pronto los periódicos informaron sobre el
supuesto remedio maravilloso, con lo que el número de recetas creció
como la espuma. Además, ganó aún más fama gracias a las menciones sobre
su uso por personajes famosos de la ciencia y la política, como por
ejemplo el astronauta
Buzz Aldrin
y el matemático
Paul Erdös.
Sin embargo, no estaba claro contra qué enfermedad se recetaban esas
pastillas. El metilfenidato es simplemente un estimulante, y entre sus
efectos está ayudar a centrar la atención, siempre que la dosis sea
moderada y no predominen los efectos excitantes. Cuenta Blöch que el
dilema de la indicación médica inexistente fue resuelto por los médicos
norteamericanos a finales de los sesenta con un truco de amplias
repercusiones: se aceptó que era legítimo utilizarlo para diagnosticar
la enfermedad de los niños, de forma que si alguno modificaba
positivamente su comportamiento al tomarlo la conclusión era que estaba
enfermo. Hasta entonces había sido impensable administrar estimulantes a
los niños con un mínimo fundamento científico y ético, pero ahora ya
existía un síndrome médico que curar, el cual en 1987 pasó a denominarse
TDAH (Trastorno por Déficit de Atención y/o Hiperactividad) gracias a la
feliz idea de la Asociación Americana de Psiquiatría. Actualmente, el
metilfenidato es, con mucho, la medicación más comúnmente prescrita para
tratar el TDAH en todo el mundo. De acuerdo con ciertas estimaciones,
más del 75% de las recetas de este fármaco son hechas a niños. La
producción y prescripción creció significativamente en los años noventa,
especialmente en los Estados Unidos, a medida que los sectores más
interesados fueron insistiendo en que había muchísimos niños sin
diagnosticar y en que el metilfenidato es el fármaco adecuado para
tratar este síndrome. Algunos médicos muestran una postura más ética y
dicen que, en realidad, este trastorno no es más que una hipótesis. Una
cosa es segura: los inventores de enfermedades no se cansan de presentar
el mayor número posible de niños como psíquicamente peculiares o
problemáticos, hasta el extremo de que las circunstancias de la vida ya
resultan suficientes para declararlos enfermos. Pero, ¿pasar por esas
situaciones es realmente una enfermedad? Podemos generalizar la cuestión
a otras edades y situaciones: ¿sufrir por un grave problema personal o
familiar es de verdad una enfermedad? ¿Sentirse triste durante semanas o
meses a causa de la muerte de una persona querida es una enfermedad?
¿Notar el bajón al regresar al trabajo después de las vacaciones es una
enfermedad? ¿Perder el deseo sexual a cierta edad es una enfermedad? Y
lo mismo con multitud de problemas que han existido siempre, que forman
parte del proceso vital normal y que en nuestro tiempo pretenden
medicalizarse o psicologizarse para convertirnos en pacientes y
clientes. Y lo malo no es solamente esta intrusión de lo médico en todos
los aspectos de la vida, sino que, volviendo al metilfenidato, a menudo
se receta a niños por médicos sin formación en este campo; tan sólo la
que les ofrecen los visitadores de los laboratorios farmacéuticos.
Referencias:
1.
Snyder, Solomon. Drogas y cerebro. Editorial Prensa Científica.
2.
Font Quer, Pío. Plantas medicinales. El Dioscórides renovado.
Editorial Labor.
3.
Escohotado, Antonio. Aprendiendo de las drogas. Editorial
Anagrama.
4.
Hoffman, Heinrich. Struwwelpeter. Versión original completa (en
alemán) en
http://www.struwwelpeter-museum.de/struwwelpeter.htm. Versión
en alemán e inglés (traducida por Mark Twain) en http://www.fln.vcu.edu/struwwel/struwwel.html.
No conozco versión española íntegra. En
http://www.imaginaria.com.ar/20/9/entre-la-obediencia-y-la-desobediencia.htm
y
http://www.imaginaria.com.ar/21/0/tres-clasicos.htm hay
algunos fragmentos traducidos
5.
Still
GF: “Some abnormal psychical conditions in
children”. Lancet 1902; 1: 1008-1012; 1077-1082;
1163-1168
6.
Menéndez Benavente, Isabel: “Trastorno de déficit de atención con
hiperactividad: clínica y diagnóstico”. Rev Psiquiatr Psicol Niño y
Adolesc, 2001, 4(1): 92-102
7.
Vidal i Parera, Augusto. Compendio de Psiquiatría
Infantil. Librería del Magisterio, Barcelona 1908.
8.
Blech, Jörg. Los inventores de enfermedades. Ediciones Destino.
9.
El papel de la suerte, del azar, en los descubrimientos científicos es
una constante a lo largo de la historia, y raro es el hallazgo en el que
no se encuentra presente, de una u otra forma, la casualidad. El término
serendipia procede del inglés
serendipity,
neologismo inventado por
Horace Walpole
en 1754 a partir de un cuento persa del siglo XVIII con el título de
«Los tres príncipes de Serendip», en el que los protagonistas, los
príncipes de la isla de Serendip —antiguo nombre árabe para la isla de
Ceilán—
solucionaban sus problemas gracias a increíbles casualidades (http://es.wikipedia.org/wiki/Serendipia).
Aunque en español se ha adoptado recientemente, contamos con el castizo
chiripa (“lo consiguió por pura chiripa”), término bastante
cercano en significado. Para saber más sobre el papel del azar en la
ciencia, es recomendable la lectura de Royston, Roberts: Serendipia:
descubrimientos accidentales de la ciencia, publicado en español por
Alianza Editorial.
|
|